del campo que estuvieran suficientemente libres de dolor o enfermedad. Mis esfuerzos se dirigían a instarles a prestar su atención habitual a sus cosechas, y a actuar como si la peste no existiera. A veces se oía la guadaña del segador; sin embargo, los desanimados pastores de la hierba seca, tras voltear la hierba sin entusiasmo, se olvidaban de transportarla en carro; el pastor, una vez esquiladas sus ovejas, dejaba que la lana yaciera para ser dispersada por los vientos, considerando inútil proporcionar ropa para otro invierno. A veces, sin embargo, el espíritu de la vida se veía despertado por estas ocupaciones; el sol, la brisa refrescante, el dulce olor del heno, el susurro de las hojas y los arroyos charlatanes traían el reposo al pecho agitado, y otorgaban un sentimiento cercano a la felicidad a los temerosos. Tampoco, por extraño que parezca, carecía el tiempo de sus placeres. Jóvenes parejas, que se habían amado durante mucho tiempo y sin esperanza, veían de pronto cómo se eliminaban todos los obstáculos y la riqueza fluía a raudales debido a la muerte de sus parientes. El propio peligro los unía más. El peligro inmediato los impulsaba a aprovechar la oportunidad inmediata; con frenesí y pasión buscaban conocer qué delicias ofrecía la existencia, antes de entregarse a la muerte, y
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