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nydus/The Last ManPublic
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IV. Lord Raymond

cada cual respaldaba y contribuía al feliz estado de cosas que ahora se conmemoraba.

El fervor de Ryland aumentó —sus ojos se iluminaron—, su voz adoptó el tono de la pasión. Había un hombre, continuó, que deseaba alterar todo esto y devolviéndonos a nuestros días de impotencia y discordia: —un hombre que osaba arrogarse el honor que correspondía a todos los que reclamaban a Inglaterra como su cuna, y anteponer su nombre y título al nombre y título de su patria.

Noté en ese momento que Raymond cambiaba de color; apartó los ojos del orador y los clavó en el suelo; los oyentes se miraban unos a otros; pero entretanto la voz del orador llenaba sus oídos; el trueno de sus denuestos cautivaba sus sentidos. La audacia misma de su lenguaje le otorgaba autoridad; todos sabían que decía la verdad, una verdad conocida, pero no reconocida. Arrancó a la realidad la máscara con la que se había revestido; y los propósitos de Raymond, que antes se habían arrastrado solapadamente, apresando con astucia, se alzaban ahora como un ciervo acosado —incluso arrinconado—, tal como percibían todos los que observaban los mudables e irreprimibles gestos de su semblante.

Ryland terminó proponiendo que cualquier intento de reestablecer el poder real fuera declarado alta traición, y traidor quien se esforzara por cambiar la forma actual de gobierno. Vítores y fuertes aclamaciones siguieron al final de su discurso.

Tras ser apoyada su moción, Lord Raymond se levantó⁠—con el semblante afable, la voz suavemente melódica, los modales pacíficos, su gracia y dulzura llegaron como el suave soplo de una flauta, tras la voz potente, semejante a un órgano, de su adversario. Se levantó, dijo, para hablar a favor de la moción del honorable miembro, con una ligera enmienda añadida.

Estaba dispuesto a volver a los viejos tiempos y conmemorar las contiendas de nuestros padres y la abdicación del monarca. Noble y

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