«Porque he aquí que ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se ha ido; se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestra tierra se ha oído la voz de la tórtola; la higuera ha higuado sus brevas, y las vides en cierne dieron olor». Así era en tiempos del antiguo poeta real; así era
Sin embargo, ¿cómo podíamos nosotros, los miserables, aclamar la llegada de esta hermosa estación? Esperábamos en verdad que la muerte ya no vagara, como hasta entonces, bajo su sombra; sin embargo, dejados como estábamos el uno para el otro, nos mirábamos a los rostros con ojos interrogantes, sin atrevernos a confiar del todo en nuestras premoniciones, y esforzándonos por adivinar cuál sería el desdichado superviviente de los otros tres. Íbamos a pasar el verano en el lago de Como, y allí nos trasladamos tan pronto como la primavera alcanzó su madurez y la nieve desapareció de las cumbres. A diez millas de Como, bajo las empinadas alturas de las montañas orientales, a la orilla del lago, había una villa llamada la Pliniana, debido a que estaba construida en el emplazamiento de una fuente cuyo flujo y reflujo periódico describe Plinio el Joven en sus cartas. La casa casi se había venido abajo, hasta que, en el año 2090, un noble inglés la había comprado y acondicionado con todo lujo. Dos grandes salones, tapizados con espléndidos tapices y pavimentados con mármol, se abrían a cada lado de un patio, de cuyos otros dos lados uno se asomaba al lago profundo y oscuro, y el otro estaba delimitado por una montaña, de cuya pared pedregosa brotaba, con rugido y chapoteo, la célebre fuente. Más arriba, un soto de matorrales de mirto y matas de plantas olorosas coronaban la roca, mientras los gigantescos cipreses que apuntaban a las estrellas se alzaban en el aire azul, y los