Tomé entonces la resolución de continuar nuestro viaje a Inglaterra por tierra.
Mi propio corazón estaba destrozado por el remordimiento y los pesares. La inquietud de que Raymond hubiera partido para siempre, de que su nombre, fundido eternamente con el pasado, debiera ser borrado de cualquier expectativa del futuro, se había apoderado de mí lentamente.
Siempre había admirado su talento; sus nobles aspiraciones; sus grandes concepciones de la gloria y la majestad de su ambición; su total carencia de pasiones mezquinas; su fortaleza y osadía.
En Grecia había aprendido a amarle; su misma versatilidad y su abandono impulsivo a las supersticiones me unieron a él doblemente; podría ser debilidad, pero era las antípodas de todo lo ruin y egoísta.
A estas punzadas se añadió la pérdida de Perdita, perdida por mi propia maldición de obstinación y vanidad. Esta querida, mi única pariente; cuyo progreso había seguido desde su tierna infancia por el variado sendero de la vida, y la había visto destacar siempre por su integridad, devoción y verdadero afecto; por todo lo que constituye las gracias peculiares del carácter femenino, y contemplado cómo al fin era víctima de un amor excesivo, de un apego demasiado constante a lo perecedero y perdido, ella, en su esplendor de belleza y juventud, había descartado la agradable percepción del mundo aparente por la irrealidad de la tumba, y había dejado a la pobre Clara completamente huérfana.