Extendí la tierra entera como un mapa ante mí. Sobre ningún punto de su superficie pude poner el dedo y decir: aquí hay seguridad. En el sur, la enfermedad, virulenta e incurable, casi había aniquilado a la raza humana; la tormenta y la inundación, los vientos venenosos y las plagas colmaban la medida del sufrimiento. En el norte era peor: la escasa población declinaba gradualmente, y el hambre y la peste vigilaban a los supervivientes, quienes, desvalidos y débiles, estaban listos para caer como presa fácil en sus manos.
Reduje mi visión a Inglaterra. La metrópoli desbordada, el gran corazón de la poderosa Bretaña, estaba sin pulso. El comercio había cesado. Todo centro de ambición o placer estaba clausurado; las calles estaban cubiertas de hierba, las casas vacías; los pocos que por necesidad permanecían parecían ya marcados por la mancha de una peste inevitable. En las mayores ciudades manufactureras se representaba la misma tragedia a menor escala, pero aún más desastrosa. No había ningún Adrián que superintendiera y dirigiera, mientras bandadas enteras de pobres eran golpeadas y muertas. Con todo, no íbamos a morir todos. Ciertamente no; aunque diezmada, la raza humana continuaría, y la gran plaga se convertiría, en años venideros, en materia de historia y asombro. Sin duda, esta visita no tenía precedentes por su extensión; tanto más necesario era que trabajáramos duro para disputar su avance; antes los hombres habían salido por deporte a matar a sus millares y diez millares; pero ahora el hombre se había convertido en una criatura valiosa; la vida de uno solo de ellos valía más que los llamados tesoros de los reyes. Mirad su rostro dotado de pensamiento, sus miembros gráciles, su frente majestuosa, su mecanismo maravilloso; el tipo y modelo de esta máxima obra de Dios no ha de desecharse como un vaso roto; será preservado, y sus hijos y los hijos de sus hijos transmitirán el nombre y la forma del hombre hasta el fin de los tiempos.
Por encima de todo debo proteger a aquellos que la naturaleza y el destino confiaron a mi especial cuidado. Y ciertamente, si entre todas mis