Hubo también actos de heroísmo, cuya sola mención dilata el corazón y arranca lágrimas de los ojos. Tal es la naturaleza humana, que la belleza y la deformidad van a menudo estrechamente unidas. Al leer la historia, nos impresionan sobre todo la generosidad y la abnegación que pisan los talones al crimen, cubriendo con flores celestiales la mancha de sangre. Tales actos no faltaron para adornar el sombrío cortejo que acompañaba el avance de la peste.
Los habitantes de Berkshire y Bucks hacía tiempo que sabían que la peste estaba en Londres, en Liverpool, Bristol, Manchester, York, en resumen, en todas las ciudades más pobladas de Inglaterra.
No por ello se mostraron menos atónitos y consternados cuando apareció entre ellos. Estaban impacientes y airados en medio del terror. Querían hacer algo para librarse del mal que se aferraba a ellos y, mientras actuaban, se imaginaban que se estaba aplicando un remedio.
Los habitantes de las ciudades más pequeñas abandonaron sus casas, levantaron tiendas de campaña en los campos, vagando separados unos de otros, sin importarles el hambre ni las inclemencias del cielo, mientras imaginaban que evitaban la enfermedad mortal.
Los granjeros y aldeanos, por el contrario, atemorizados por la soledad y con un deseo desmedido de asistencia médica, acudieron en masa a las ciudades.
Pero se acercaba el invierno, y con el invierno, la esperanza. En agosto, la peste había aparecido en el país de Inglaterra, y durante septiembre hizo sus estragos. Hacia finales de octubre disminuyó, y fue en cierto modo reemplazada por un tifus, de no menor virulencia. El otoño fue cálido y lluvioso: los débiles y enfermizos murieron —más felices ellos—; muchos