ella misma la personificación de todo lo divino en la mujer, ella que caminaba por la tierra como el sueño de un poeta, como una diosa esculpida dotada de sentido, o una santa pintada saliendo del lienzo—ella, la más digna, me eligió, y se me entregó a sí misma—un regalo invaluable.
Durante varias horas continué meditando así, hasta que el hambre y la fatiga me devolvieron al momento presente, señalado entonces por las largas sombras proyectadas por el sol poniente.
Había vagado hacia Bracknel, muy al oeste de Windsor. La sensación de perfecta salud de la que disfrutaba me aseguraba que estaba libre de contagio.
Recordaba que se había mantenido a Idris en la ignorancia de mis gestiones. Podía haber oído hablar de mi regreso de Londres y de mi visita a la esclusa de Boulter, lo cual, unido a mi prolongada ausencia, podría tender a alarmarla en gran medida.
Regresé a Windsor por el Paseo Largo (Long Walk) y, al atravesar la ciudad hacia el Castillo, lo encontré en un estado de agitación y zozobra.