durante el intermedio entre el tercer y el cuarto acto. Miré a mi alrededor al público; las mujeres eran en su mayoría de las clases bajas, pero los hombres pertenecían a todos los rangos, venidos allí para olvidar por un momento las prolongadas escenas de miseria que les aguardaban en sus desgraciados hogares. Se levantó el telón y el escenario mostró la escena de la cueva de las brujas. Lo agreste y la maquinaria sobrenatural de Macbeth eran garantía de que aquella obra podía contener poco directamente relacionado con nuestras circunstancias actuales. Se había puesto gran empeño en la escenografía para dotar de apariencia de realidad a lo imposible. La oscuridad extrema del escenario, cuya única luz provenía del fuego bajo el caldero, unida a una especie de neblina que flotaba a su alrededor, hacía que las formas sobrenaturales de las brujas resultaran oscuras y difusas. No eran tres viejas decrepitas las que se inclinaban sobre su perola arrojando los tétricos ingredientes del sortilegio, sino figuras espantosas, irreales y fantasiosas. La entrada de Hécate, y la salvaje música que le siguió, nos sacaron de este mundo. La forma cavernosa que adoptó el escenario, las rocas amenazantes, el fulgor del fuego, las sombras neblinosas que cruzaban la escena en ocasiones, la música en armonía con todas las fantasías de brujería, permitieron que la imaginación se desatase, sin temor a contradicción ni reproche por parte de la razón o del corazón. La entrada de Macbeth no destruyó la ilusión, pues a él lo movían los mismos sentimientos que a nosotros nos inspiraban, y mientras avanzaba la obra de magia, simpatizamos con su asombro y su audacia, entregándonos por entero a la influencia de la ilusión escénica. Sentí el efecto benéfico de tal exaltación en una renovación de aquellos placenteros vuelos de la imaginación de los que tanto tiempo llevaba apartado. El
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