me estarían esperando.
Encendí los faroles de mi carruaje; la envolví en pieles y la recosté en el asiento; luego, tomando las riendas, hice avanzar a los caballos.
Avanzábamos a través de la nieve, que yacía en montones obstruyendo el camino, mientras los copos que descendían, azotándome con furia redoblada, me cegaban.
El dolor provocado por los elementos embravecidos y por el frío hierro de las lanzas de la escarcha que me golpeaban y penetraban en mi carne adolorida, supusieron un alivio para mí, embotando mi sufrimiento mental.
Los caballos avanzaban tambaleándose y las riendas colgaban flojas en mis manos. A menudo pensé en apoyar mi cabeza junto al dulce y frío rostro de mi ángel perdido, y entregarme así al sopor conquistador.
Sin embargo, no debía dejarla a merced de las aves del cielo; sino que, cumpliendo con mi propósito, la depositaría en la tumba de sus antepasados, donde un Dios misericordioso tal vez me permitiría descansar a mí también.