El camino por el que pasamos a través de Egham me era familiar; pero el viento y la nieve hacían que los caballos arrastrasen su carga lenta y pesadamente. De repente, el viento viró del suroeste al oeste, y luego otra vez al noroeste. > Como Sansón con esfuerzo y tirón removió desde sus bases las columnas que sostenían el templo filisteo, así sacudió el vendaval los densos vapores apoyados en el horizonte, mientras la maciza cúpula de nubes caía hacia el sur, dejando ver a través de la red dispersa el claro empíreo, y las pequeñas estrellas, fijadas a una distancia inmensurable en los campos cristalinos, rociaban sus pequeños rayos sobre la nieve reluciente. Hasta los caballos se animaron y avanzaron con renovadas fuerzas. Entramos en el bosque en Bishopgate, y al final del Long Walk vi el Castillo, «el altivo donjón de Windsor, alzándose en la majestad de sus proporciones, ceñido por el doble cinturón de sus torres hermanas y coetáneas». Miré con reverencia una estructura, antigua casi como la roca sobre la que se alzaba, morada de reyes, tema de admiración para los sabios. Con mayor reverencia y afecto lloroso lo contemplé como el asilo del prolongado período de amor que allí había disfrutado con el perecedero, inigualable tesoro de polvo, que ahora yacía frío a mi lado. Ahora, en verdad, podría haberme entregado a toda la blandura de mi naturaleza y haber llorado; y, a la manera de una mujer, haber lanzado amargas quejas; mientras los árboles familiares, las manadas de ciervos vivos, el césped tantas veces pisado por sus pies de hada, uno por uno, con triste asociación, se presentaban ante
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III. El último hombre
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