El invierno ha vuelto de nuevo; y los jardines de Roma han perdido sus hojas; el aire cortante cruza la Campaña y ha obligado a sus brutos habitantes a refugiarse en las numerosas moradas de la ciudad desierta; la escarcha ha suspendido las fuentes chorreantes, y Trevi ha acallado su música eterna. Había hecho un cálculo aproximado, ayudado por las estrellas, mediante el cual intenté averiguar el primer día del año nuevo. En la antigua época gastada, el Sumo Pontífice solía acudir con solemne pompa y marcar la renovación del año clavando un clavo en la puerta del templo de Jano. Ese día subí a San Pedro y tallé en su piedra más alta la era 2100, ¡último año del mundo!
Mi único compañero era un perro, un tipo peludo, mitad perro de agua y mitad pastor, al que encontré cuidando ovejas en la Campaña. Su amo había muerto, pero aun así él seguía cumpliendo con sus deberes a la espera de su regreso. Si una oveja se apartaba del resto, la obligaba