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nydus/The Last ManPublic
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II

«Tengo un cuento que relatar —dijo—, y muchas explicaciones que dar acerca del pasado; quizá podáis ayudarme a abreviarlo. ¿Recordáis a vuestro padre? Yo nunca tuve la dicha de verle, pero su nombre es uno de mis primeros recuerdos: permanece grabado en las tablillas de mi mente como el arquetipo de todo lo que hay de caballeroso, afable y fascinante en el hombre. Su ingenio no era más notable que la desbordante bondad de su corazón, que derramó en tan generosa medida sobre sus amigos que, ¡ay!, dejó bien poco para sí

Animado por este elogio, procedí, en respuesta a sus preguntas, a relatar lo que recordaba de mi progenitor; y él me dio cuenta de las circunstancias que habían provocado el descuido de la carta testamentaria de mi padre.

Cuando, en tiempos posteriores, el padre de Adrián, por entonces rey de Inglaterra, sintió que su situación se volvía más peligrosa y su línea de conducta más desconcertante, una y otra vez deseó tener a su amigo de juventud, quien pudiera erigirse en muralla contra la impetuosa ira de su reina, en mediador entre él y el parlamento.

Desde el momento en que había abandonado Londres, en la fatídica noche de su derrota en la mesa de juego, el rey no había recibido noticias suyas; y cuando, tras el transcurso de los años, se esmeró en encontrarle, se había perdido todo rastro. Con más tierno arrepentimiento que nunca, se aferró a su memoria y le encomendó a su hijo que, si alguna vez llegaba a encontrarse con este querido amigo, le brindara en su nombre todo su apoyo y le asegurara que, hasta el final, su afecto había sobrevivido a la separación y al silencio.

Poco antes de la visita de Adrian a Cumberland, el heredero del noble a quien mi padre había confiado su última súplica a su real amo, puso esta carta, con el sello intacto, en manos del joven conde.

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