Había espacio de sobra en realidad en nuestro desdichado país para el doble de invasores; pero su espíritu anárquico los incitaba a la violencia; se deleitaban arrojando a los dueños de sus casas; apoderándose de alguna mansión de lujo, donde los nobles habitantes se recluían por miedo a la peste; obligando a estos de ambos sexos a convertirse en sus sirvientes y proveedores; hasta que, consumada la ruina en un lugar, trasladaban su visita de langostas a otro. Cuando no encontraban oposición, extendían ampliamente sus estragos; en caso de peligro se agrupaban y, a fuerza de números, derribaban a sus débiles y desesperados enemigos. Venían del este y del norte, y dirigían su rumbo sin motivo aparente, pero unánimemente hacia nuestra infeliz metrópoli.
La comunicación se había interrumpido en gran medida debido a los efectos paralizantes de la peste, de modo que la vanguardia de nuestros invasores había avanzado hasta Mánchester y Derby antes de que recibiéramos noticia de su llegada. Barrieron el país como un ejército conquistador, arrasando, devastando, asesinando. Los ingleses de las clases bajas y los vagabundos se unieron a ellos. Los pocos Lores Tenientes que quedaban intentaron reunir a la milicina—pero las filas estaban vacías, el pánico se apoderó de todos, y la oposición que se presentó solo sirvió para aumentar la audacia y la crueldad del enemigo. Hablaban de tomar Londres, de conquistar Inglaterra—trayendo a la memoria la larga lista de agravios que durante muchos años habían estado olvidados. Tales jactancias mostraban su debilidad más que su fuerza—mas aun así podían causar un daño extremo que, al terminar en su destrucción, los convertiría al fin en objeto de compasión y remordimiento.
Se nos enseñó ahora cómo, al principio del mundo, la humanidad revistió a sus enemigos con atributos imposibles; y cómo los detalles que pasaban de boca en boca podían, como la Fama de Virgilio en constante