Continuamos hacia el este, en una solemne conversación como la que los tiempos inspiraban. No se oía ningún paso humano ni se vislumbraba forma humana alguna. * Bandadas de perros, abandonados por sus amos, pasaron junto a nosotros; y de vez en cuando un caballo, sin brida ni silla, trotaba hacia nosotros e intentaba llamar la atención de aquellos en los que íbamos montados, como para incitarlos a buscar semejante libertad. * Un buey pesado, que se había alimentado en un granero abandonado, mugió de repente y mostró su forma informe en una puerta estrecha; todo estaba desierto; pero nada estaba en ruinas. Y esta mezcla de edificios intactos y comodidades lujosas, de un vigor pulcro y reciente, contrastaba con el silencio solitario de las
La noche se echó encima y comenzó a llover. Estábamos a punto de emprender el regreso a casa cuando una voz, una voz humana, extraña de oír ya, atrajo nuestra atención. Era un niño que cantaba una melodía alegre y ligera; no había ningún otro sonido. Habíamos recorrido Londres desde Hyde Park hasta donde nos encontrábamos ahora, en Minories, y no nos habíamos cruzado con nadie, ni habíamos oído voz ni paso alguno. El canto se vio interrumpido por risas y charla; jamás una alegre cancioncilla llegó en momento tan inoportuno, jamás una risa estuvo tan próxima a las lágrimas. La puerta de la casa de la que procedían estos sonidos estaba abierta; los pisos superiores estaban iluminados como para una fiesta. Era una casa grande y magnífica en la que, sin duda, había vivido algún rico mercader. El canto comenzó de nuevo y resonó en las salas de techos altos, mientras ascendíamos la escalera en silencio. Unas luces aparecieron entonces para guiarnos, y una larga suite de espléndidas habitaciones iluminadas nos hizo asombrarnos