Para algunos entre los pobres esto fue motivo de júbilo. > Éramos todos iguales ahora; suntuosas viviendas, alfompras lujosas y camas de plumón, estaban al alcance de todos. Carruajes y caballos, jardines, cuadros, estatuas y bibliotecas principescas, había de todo ello hasta el hastío; y no había nada que impidiera a cada cual adueñarse de su parte. Éramos todos iguales ahora; pero cerca de allí aguardaba una igualdad aún más niveladora, un estado donde la belleza, la fuerza y la sabiduría serían tan vanas como la riqueza y el linaje. La tumba se abría bajo los pies de todos nosotros, y su perspectiva impedía que ninguno disfrutara de la holgura y la abundancia que de forma tan imponente se nos
Aun así, el color no se marchitaba en las mejillas de mis niños; y Clara crecía en años y estatura, inmaculada por la enfermedad. No teníamos motivos para creer que el emplazamiento del Castillo de Windsor fuera particularmente saludable, pues muchas otras familias habían perecido bajo su techo; vivíamos, por tanto, sin ninguna precaución especial; pero vivíamos, al parecer, a salvo. Si Idris se volvía delgada y pálida, era la ansiedad la que ocasionaba el cambio; una ansiedad que yo no podía aliviar de ningún modo. Ella nunca se quejaba, pero el sueño y el apetito huyeron de su lado, una fiebre lenta devoraba sus venas, su color era febril y a menudo lloraba en secreto; lúgubres pronósticos, la zozobra y el terror angustioso consumían el principio vital en su interior. Yo no podía dejar de percibir este cambio. A menudo deseaba haberle permitido seguir su propio camino y entregarse a aquellas labores en favor del bienestar de los demás que habrían podido distraer sus pensamientos. Pero ya era demasiado tarde. Además de que, con la raza humana casi extinta, todos nuestros afanes tocaban a su fin, ella estaba demasiado débil; la tumba, por llamarla así, o más bien la vida hiperactiva en su interior —que, al igual que con Adrian, consumía el aceite vital en las