ti!».
Con el corazón apesadumbrado escuché las alteraciones de su delirio; le hice una cama con capas; su violencia disminuyó y un sudor frío brotó de su frente mientras la palidez de la muerte sucedía al carmesí de la fiebre, la coloqué sobre las capas.
Ella continuó delirando acerca de su pronto encuentro con su amado en la tumba, de la muerte de él cercana; a veces declaraba solemnemente que él había sido llamado; a veces se lamentaba de su duro destino.
Su voz se volvió más débil, su habla entrecortada; unos pocos movimientos convulsivos, y sus músculos se relajaron, las extremidades cayeron, para no ser sostenidas jamás, un suspiro profundo, y la vida se había ido.
La rapté del inmediato vecindario de los muertos; envuelta en capas, la coloqué bajo un árbol. Una vez más contemplé su rostro cambiado; la última vez que la vi tenía dieciocho años; hermosa como la visión de un poeta, espléndida como una sultana de Oriente. Habían transcurrido doce años; doce años de cambios, dolor y privaciones; su brillante tez se había ajado y oscurecido, sus extremidades habían perdido la redondez de la juventud y la madurez; sus ojos se habían hundido profundamente,