Tendió la mano con un aire casi tímido. Pensé con rapidez—Sí, seré testigo de la última escena del drama. Además, su semblante me conquistó, y un sentimiento afectuoso hacia él volvió a llenar mi corazón—Le pedí que dispusiera de mí.
—Vaya que sí lo haré —dijo con alegría—, ése es mi papel ahora; preséntate mañana a las siete; sé discreto y fiel; y pronto serás primer groom de la cámara.
Diciendo esto, se apresuró a marchar, montó de un salto en su caballo y, con un gesto como si me diera la mano a besar, me dirigió otro divertido adiós. A solas conmigo mismo, me esforcé con dolorosa intensidad en adivinar el motivo de su petición y prever los acontecimientos del día siguiente. Las horas pasaron desapercibidas; me dolía la cabeza de tanto pensar, los nervios parecían rebosar de tanta tensión; me apreté la frente ardiente, como si mi mano afiebrada pudiera remediar su dolor.