durante algunos meses, nos pertenecíamos el uno al otro. Había un deleite estremecedor y desgarrador en aquel pensamiento: llenaba los ojos de lágrimas brumosas, desgarraba el corazón con agitados latidos; más frágiles que la «nevada en el río» éramos todos y cada uno de nosotros, pero nos esforzábamos por dar vida e individualidad a la trayectoria meteórica de nuestras respectivas existencias, y por sentir que ningún momento se nos escapaba sin ser disfrutado. Así, tambaleándonos en el borde vertiginoso, éramos felices. ¡Sí! Mientras nos sentábamos bajo las rocas amenazantes, junto a las cascadas, cerca de
—Bosques, antiguos como las colinas, y recodos de verdor bañado por el sol, donde pastaba el rebeco y la tímida ardilla guardaba su provisión—, disertando sobre los encantos de la naturaleza, bebiendo al mismo tiempo de sus bellezas inalienables—, éramos, en un mundo vacío, felices.
¡Y bien, oh días de alegría!, días en que la mirada hablaba a la mirada, y las voces, más dulces que la música de las ramas oscilantes de los pinos, o el suave murmullo del arroyuelo, respondían a la mía; ¡y bien, oh días repletos de beatitud, días de entrañable compañía!, días indeciblemente queridos para mí, desamparado: pasad, oh pasad ante mí, haciendo que en vuestro recuerdo olvide lo que soy. ¡Mirad cómo mis ojos anegados en llanto emborronan este insensato papel; mirad cómo mis facciones se convulsionan en agonizantes espasmos, con vuestro mero recuerdo, ahora que, solo, fluyen mis lágrimas, tiemblan mis labios, mis gritos llenan el aire, sin ser visto, sin ser notado, sin ser oído! ¡Y bien, oh bien, días de deleite!, ¡dejadme morar en vuestras prolongadas horas!
A medida que el frío arreciaba sobre nosotros, cruzamos los Alpes y descendimos a Italia. Al despuntar la mañana, nos sentábamos a la mesa y burlábamos nuestros pesares con alegres ocurrencias o eruditas disertaciones. El día