de mi loca idolatría.
¿Con qué adecuados términos de asombro y deleite, con qué selecta expresión y suave fluidez de lenguaje, puedo presentar a la más encantadora, sabia y excelente? ¿Cómo, en una pobre aglomeración de palabras, transmitir el halo de gloria que la rodeaba, las mil gracias que la aguardaban infatigables? Lo primero que llamaba la atención al contemplar aquel rostro encantador era su perfecta bondad y franqueza; la sinceridad moraba en su frente, la sencillez en sus ojos, una benignidad celestial en su sonrisa. Su esbelta y alta figura se inclinaba con gracia como un álamo ante la brisa del oeste, y su andar, propio de una diosa, era como el de un ángel alado recién posado en el alto suelo del cielo; la blancura perlada de su tez se teñía de un puro sonrojo; su voz se asemejaba al tenor bajo y apagado de una flauta. Lo más fácil tal vez sea describir por contraste. He detallado las perfecciones de mi hermana; y, sin embargo, era totalmente distinta de Idris. Perdita, aun allí