plantas raras y hermosas; aun ahora, tan consternada como estaba, observaba sus colores brillantes y sus formas estrelladas.—«¡Divinas foliaciones del espíritu de la belleza», exclamó, «vosotras no os marchitáis ni os lamentáis; la desesperación que oprime mi corazón no ha contagiado vuestra salud!—¡Por qué no soy compañera de vuestra insensibilidad, partícipe de vuestra calma!».
Ella hizo una pausa.
“A mi tarea”, continuó mentalmente, “mis invitados no deben percibir la realidad, ni en lo que respecta a él ni a mí. Obedezco; no lo harán, aunque muera en el momento en que se hayan ido. Contemplarán las antípodas de lo que es real, pues aparentaré vivir, mientras estoy... muerta”.
Le costó todo su dominio propio reprimir el torrente de lágrimas que la autocompasión le provocó ante esta idea. Tras muchos forcejeos, lo logró y se volvió para unirse a la compañía.
Todos sus esfuerzos se dirigían ahora a disimular su conflicto interno. Tenía que representar el papel de anfitriona cortés; atender a todos; brillar como el foco del disfrute y la gracia. Tenía que hacer esto mientras, sumida en un hondo pesar, suspiraba por la soledad, y con gusto habría cambiado sus salones abarrotados por las profundidades de un bosque oscuro o por un brezo sombrío envuelto en la noche. Pero se volvió alegre. No lograba mantenerse en el término medio ni mostrarse, como le era habitual, plácidamente contenta. Todos comentaban su exaltación de ánimos; como todas las acciones parecen graciosas a los ojos de la jerarquía, sus invitados la rodeaban aplaudiéndola, aunque había cierta agudeza en su risa y cierta brusquedad en sus ocurrencias que habrían podido delatar su secreto a un observador atento.