Perdita lo miró como una persona atónita; su expresivo rostro brilló por un momento con ternura; verlo a él solo era felicidad. Pero un amargo pensamiento ensombreció rápidamente su alegría; bajó los ojos al suelo, esforzándose por dominar la pasión de lágrimas que amenazaba con abrumarla. Raymond continuó: «No voy a fingir contigo, querida muchacha, ni a parecer otra cosa que lo que soy, débil y desmerecedor, más apto para despertar tu desdén que tu amor. Aun así, tú me amas; siento y sé que lo haces, y de ahí extraigo mis esperanzas más entrañables. Si el orgullo te guiara, o incluso la razón, bien podrías rechazarme. Hazlo; si tu altivo corazón, incapaz de mi debilidad de propósito, se niega a doblegarse ante la bajeza del mío. Aléjate de mí, si quieres—si puedes. Si toda tu alma no te insta a perdonarme—si todo tu corazón no abre de par en par sus puertas para admitirme hasta su mismo centro, desampara, no me hables nunca más. Yo, aunque pecando contra ti casi más allá del perdón, yo también soy orgulloso; no debe haber reserva en tu disculpa—ni cortapisa al don de tu afecto».
Perdita miró hacia abajo, confusa, aunque complacida. Mi presencia la turbaba; de modo que no se atrevía a volverse para encontrarse con la mirada de su amante, ni a confiar en su voz para asegurarle su afecto, mientras un rubor cubría sus mejillas y su aire desolado se trocaba en otro expresivo de una alegría hondamentesentida. Raymond la rodeó la cintura con el brazo y continuó: «No niego que he dudado entre ti y la más alta esperanza que los hombres mortales puedan abrigar; pero ya no lo hago más. Acógeme—moldéame a tu voluntad, adueñaos de mi corazón y de mi alma por toda la eternidad. Si te niegas a contribuir a mi felicidad, esta noche dejo Inglaterra y no volveré a poner un pie en ella jamás».
—Lionel, oye: sé mi testigo: persuade a tu hermana para que perdone la ofensa que le he hecho; persuádela para que sea mía.