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nydus/The Last ManPublic
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III. El último hombre

Alejarla de estas escenas desgarradoras, guiarla a olvidar la desolación del mundo en la variedad de objetos que ofrece el viaje y cuidar su salud quebrantada en el clima apacible hacia el cual habíamos decidido emprender nuestro viaje, era mi última esperanza para su preservación.

Los preparativos para nuestra partida, que se habían suspendido durante mi enfermedad, se reanudaron.

No me recuperé a una convalecencia dudosa; la salud prodigó sus tesoros en mí; así como el árbol en primavera puede sentir brotar el verde tierno de sus ramas marchitas, y la savia viva ascender y circular, así el vigor renovado de mi cuerpo, el torrente alegre de mi sangre, la recién nacida elasticidad de mis miembros, influyeron en mi mente hacia una alegre resistencia y pensamientos placenteros.

Mi cuerpo, que poco antes fuera el pesado lastre que me ataba a la tumba, rebosaba de salud; los simples ejercicios cotidianos eran insuficientes para mi fuerza renaciente; me parecía que podía emular la velocidad del caballo de carreras, discernir a través del aire objetos a una distancia cegadora, escuchar las operaciones de la naturaleza en sus moradas mudas; mis sentidos se habían vuelto tan refinados y susceptibles tras mi recuperación de una enfermedad mortal.

La esperanza, entre mis demás bendiciones, no me fue negada; y confiaba tierne­mente en que mis incansables cuidados devolverían la salud a mi adorada muchacha. Estaba, por tanto, ansioso por acelerar nuestros preparativos. Según el plan trazado en un principio, debíamos haber abandonado Londres el veinticinco de noviembre; y, en cumplimiento de este proyecto, dos tercios de nuestra gente —la gente—, todo lo que quedaba de Inglaterra, se habían adelantado y llevaban ya unas semanas en París. Primero mi enfermedad, y posteriormente la de Idris, habían retenido a Adrián con su división, que constaba de trescientas personas, de modo que partimos por fin el primero de enero de 2098. Mi deseo era

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