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nydus/The Last ManPublic
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I

ciudad, las casas, iglesias y edificios públicos estaban decorados con tapices y banderas, aunque los soldados alineaban las calles y miles de habitantes se habían congregado para vitorearlo, reinó el mismo silencio solemne: los soldados presentaron armas, las banderas se inclinaron, muchas manos blancas ondearon una banderola y buscaron en vano discernir al héroe en el vehículo que, cerrado y rodeado por la guardia de la ciudad, lo condujo al palacio destinado para su morada.

Raymond estaba débil y agotado; sin embargo, el interés que percibía que despertaba a causa suya lo llenaba de un orgullo placentero. Casi lo matan a atenciones.

Es verdad que la plebe se contenía; pero del gentío que rodeaba el palacio surgía un murmullo y un bullicio perpetuos, los cuales, sumados al ruido de los fuegos artificiales, a la frecuente detonación de armas, al trte y retrote de jinetes y carruajes —de cuya efervescencia él era el foco—, retrasaban su recuperación.

Así pues, nos retiramos un tiempo a Eleusis, y allí el reposo y los tiernos cuidados acrecentaban cada día las fuerzas de nuestro enfermo. La zelosa atención de Perdita ocupaba el primer lugar entre las causas que propiciaron su rápida recuperación; pero el segundo era sin duda el deleite que sentía ante el afecto y la buena voluntad de los griegos.

Se dice que amamos mucho a aquellos a quienes hacemos grandes favores. Raymond había luchado y vencido por los atenienses; había sufrido, por causa de ellos, peligros, prisión y privaciones; la gratitud de estos lo conmovió profundamente, y en su interior juró unir su destino para siempre al de un pueblo tan entusiastamente devoto de él.

El sentimiento social y la simpatía constituían un rasgo marcado de mi carácter. En mi temprana juventud, el drama viviente que se representaba a mi alrededor me arrastró en cuerpo y alma a su vórtice.

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