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nydus/The Last ManPublic
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IV. Lord Raymond

soñadores —continuó—, con tal de que no sean despertados! ¡Quién pudiera soñar! Pero el «día amplio y chillón» es el elemento en el que vivo; el fulgor deslumbrante de la realidad invierte la escena para mí. Hasta el fantasma de la amistad se ha marchado, y el amor...» —Se detuvo de repente; ni pude adivinar si el desdén que curvaba sus labios iba dirigido contra la pasión, o contra sí mismo por ser su esclavo.

Este relato puede tomarse como una muestra de mi trato con lord Raymond.

Me volví íntimo amigo suyo, y cada día me brindaba la ocasión de admirar más y más su talento poderoso y versátil, el cual, unido a su elocuencia —graciosa e ingeniosa— y a su riqueza ahora inmensa, hacía que fuera temido, amado y odiado como ningún otro hombre en Inglaterra.

Mi linaje, que despertaba interés, si no respeto, mis antiguas relaciones con Adrian, el favor del embajador, de quien había sido secretario, y ahora mi amistad con lord Raymond, me abrieron fácilmente las puertas de los círculos aristocráticos y políticos de Inglaterra.

Para mi inexperiencia, al principio parecíamos estar en vísperas de una guerra civil; cada partido era violento, acrimonioso e intransigente. El Parlamento estaba dividido en tres facciones: aristócratas, demócratas y realistas.

Tras la inclinación declarada de Adrian por la forma republicana de gobierno, este último partido casi había desaparecido, huérfano de jefes y de guías; pero, cuando lord Raymond se presentó como su líder, revivió con fuerza redoblada.

Algunos eran realistas por prejuicio y antiguo afecto, y había muchos de inclinación moderada que temían por igual la tiranía caprichosa del partido popular y el despotismo inflexible de los aristócratas.

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