huían cada árbol, cada piedra y cada mojón en mi avance. Me descubrí la cabeza ante el viento impetuoso, que bañó mi frente en una frescura deliciosa. Al perder de vista Villeneuve-la-Guyard, olvidé el triste drama de la miseria humana; me pareció que bastaba con la felicidad de vivir, sintiendo al mismo tiempo la belleza de la tierra vestida de verdura, el cielo tachonado de estrellas y el viento indómito que infundía animación al conjunto. Mi caballo se cansó, y yo, olvidándome de su fatiga, a medida que aminoraba el paso, lo animaba con la voz y lo urgía con la espuela. Era un animal valiente, y no deseaba cambiarlo por ninguna bestia fortuita con la que pudiera tropezar, abandonándolo para no volver a hallarlo jamás. Toda la noche avanzamos; por la mañana él advirtió que nos acercábamos a Versalles, y para llegar a él como a su hogar, reunió sus fuerzas decaídas. La distancia recorrida no era inferior a cincuenta millas, y sin embargo se lanzó por los largos bulevares veloz como una flecha; pobre amigo, al desmontar a la puerta del palacio, cayó de rodillas, sus ojos se cubrieron con una película, se desplomó de costado, unas pocas arcadas inflaron su noble pecho y murió. Lo vi expirar con una angustia inexplicable aun para mí mismo; el espasmo fue como el arrancamiento de un miembro en agonizante tormento, pero fue tan breve como intolerable. Lo olvidé al lanzarme veloz por el portal abierto y subir por las majestuosas escaleras de este palacio de las victorias—oí la voz de Adrián—¡Oh tonto! ¡Oh ser criado por mujeres, afeminado y despreciable—oí su voz y la respondí con gritos convulsos; irrumpí en el Salón de Hércules, donde él se hallaba rodeado por una muchedumbre cuyos ojos, vueltos con asombro hacia mí, me recordaron que en el escenario del mundo un hombre debe reprimir tales arrebatos de colegiala. Habría dado mundos por abrazarlo; no me atreví—Medio por agotamiento, medio voluntariamente, me arrojé cuan
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VI. Eventful winter passed
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