“¡Querido Raymond!”, interrumpió Perdita con acento suplicante.
Había estado caminando de un lado a otro en el salón de mármol del serrallo; hasta sus labios estaban pálidos de rabia mientras, temblorosos, formaban sus palabras enojadas; sus ojos arrojaban fuego; sus gestos parecían reprimidos por su propia vehemencia.
«Perdita —continuó, con impaciencia—, sé lo que dirías; sé que me amas, que eres buena y bondadosa; ¡pero esto no es labor de mujeres, ni un corazón femenino puede adivinar el huracán que me desgarra!».
Parecía medio asustado de su propia violencia y salió de repente del vestíbulo; una mirada de Perdita me mostró su angustia, y lo seguí. Paseaba a zancadas por el jardín: sus pasiones se hallaban en un estado de turbación inconcebible. —¿Voy a ser por siempre —exclamó— el juguete de la fortuna! ¿Ha de ser el hombre, el escalador del cielo, perpetuamente la víctima de los reptiles rastreros de su especie! Si fuera como tú, Lionel, con muchos años de vida por delante, con una sucesión de días iluminados por el amor, de refinados goces y esperanzas renacientes, podría ceder y, rompiendo el bastón de mi general, buscar el reposo en los sotos de Windsor. ¡Pero estoy a punto de morir!—no, no me interrumpas—, pronto moriré. De la tierra poblada de gentes, de las simpatías del hombre, de los amados parajes de mi juventud, de la bondad de mis amigos, del afecto de mi única y amada Perdita, voy a ser apartado. ¡Tal es la voluntad del destino! Tal el decreto del Supremo Gobernador ante el cual no hay apelación: a quien me someto. ¡Pero perderlo todo—perder, junto con la vida y el amor, también la gloria! ¡No ha de ser así!