«¡Oíd, oh habitantes de la tierra! —exclamó—; ¡óyeme tú, Cielo todo lo ves, pero el más despiadado! ¡Óyeme también tú, oh corazón sacudido por la tempestad, que exhalas estas palabras, pero desfalleces bajo su significado! ¡La muerte está entre nosotros! ¡La tierra es hermosa y está adornada de flores, pero es nuestra tumba! Las nubes del cielo lloran por nosotros; el boato de las estrellas no es más que la luz de nuestras antorchas fúnebres. Ancianos, esperabais vivir aún unos pocos años en vuestro hogar de siempre, pero el contrato ha expirado, debéis mudaros; niños, nunca alcanzaréis la madurez, incluso ahora la pequeña fosa está cavada para vosotros; madres, estrechadlos en vuestros brazos, ¡una sola muerte os abraza!».
Con un estremecimiento, extendió las manos, con los ojos levantados que parecían salirse de las órbitas, mientras parecía seguir formas, para nosotros invisibles, en el aire dócil: «Allí están —exclamó—, ¡los muertos! Se levantan en sus mortajas y pasan en procesión silenciosa hacia la lejana tierra de su perdición; sus labios sin sangre no se mueven; sus miembros sombreados carecen de movimiento, mientras siguen deslizándose. ¡Venimos —exclamó, saltando hacia adelante—, a qué habríamos de esperar? Daos prisa, amigos míos, vestíos con el traje de corte de la muerte. La pestilencia os conducirá a su presencia. ¿Por qué tanto tiempo? Ellos, los buenos, los sabios y los amados, se han marchado antes. Madres, besad por última vez; esposos, protectores ya no más, ¡seguid al frente de las compañeras de vuestra muerte! ¡Venid, oh, venid!, mientras los seres queridos aún están a la vista, pues pronto se desvanecerán, y nunca, nunca volveremos a unirnos a ellos».