El partido aristocrático, los hombres más ricos e influyentes de Inglaterra, parecía menos agitado que los demás, pues la cuestión iba a debatirse sin su intervención.
Cerca del fuego se encontraban Ryland y sus partidarios. Ryland era un hombre de cuna humilde y de inmensa fortuna, heredada de su padre, que había sido fabricante. Había presenciado, cuando era joven, la abdicación del rey y la fusión de las dos cámaras de los Lores y de los Comunes; había simpatizado con estas usurpaciones populares, y había sido la tarea de su vida consolidarlas e incrementarlas.
Desde entonces, la influencia de los grandes terratenientes había aumentado; y al principio a Ryland no le desagradó observar las maquinaciones de lord Raymond, que apartaban a muchos de los partidarios de su oponente.
Pero aquello estaba llegando demasiado lejos. La nobleza más pobre saludó el regreso de la soberanía como un acontecimiento que les devolvería su poder y sus derechos, ya perdidos.
El espíritu de la realeza, medio extinto, despertó en las mentes de los hombres; y ellos, esclavos voluntarios, súbditos autoproclamados, estaban dispuestos a doblar sus cuellos ante el yugo.
Aún quedaban algunos espíritus rectos y varoniles, pilares del Estado; pero la palabra república se había vuelto insípida para el oído vulgar; y muchos —el tiempo demostraría si eran mayoría— suspiraban por el brillo y la pompa de la realeza. Ryland se sintió incitado a la resistencia; afirmó que su sola tolerancia había permitido el crecimiento de este partido; pero el tiempo de la indulgencia había pasado, y con un solo movimiento de su brazo barrería las telarañas que cegaban a sus compatriotas.
Cuando Raymond entró en la sala de café, su presencia fue recibida por sus amigos casi con un grito. Se congregaron a su alrededor, contaron sus