“Le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Lo hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies”. Una vez fue así; ¿es ahora el hombre el señor de la creación? Míralo—¡ja! ¡Veo a la plaga! Ella ha investido su forma, se ha encarnado en su carne, se ha entrelazado con su ser y ciega sus ojos que buscan el cielo. Túmbate, oh hombre, sobre la tierra cubierta de flores; renuncia a toda pretensión sobre tu herencia; todo lo que podrás llegar a poseer de ella es la pequeña celda que los muertos reclaman. La plaga es la compañera de la primavera, de la luz del sol y de la abundancia. Ya no luchamos contra ella. Hemos olvidado lo que hacíamos cuando ella no estaba. Antaño las flotas surcaban las gigantescas olas del océano entre el Indo y el Polo en busca de artículos de lujo insignificantes. Los hombres emprendían viajes peligrosos para adueñarse de las espléndidas natias de la tierra: gemas y oro. El trabajo humano se desperdiciaba; la vida humana se reducía a nada. Ahora lo único que codiciamos es la vida; que este autómata de carne, con sus articulaciones y resortes en orden, cumpla sus funciones; que esta morada del alma sea capaz de contener a su morador. Nuestras mentes, que antes se extendían por innumerables esferas y un sinfín de combinaciones de pensamiento, se atrincheran ahora tras este muro de carne, ansiosas únicamente por preservar su bienestar. Ciertamente estábamos ya bastante
Al principio, el aumento de la enfermedad en primavera trajo consigo más trabajo para aquellos de nosotros que, aún con vida, dedicábamos nuestro tiempo y nuestros pensamientos a nuestros semejantes. Armamos de valor nuestro espíritu para la tarea: