reprocharle la zozobra que ni por un momento dormía en su corazón, pero me esforcé por distraer su atención para evitar que observara con demasiada agudeza la verdad de las cosas, las aproximaciones cada vez más cercanas de la enfermedad, la miseria y la muerte, la mirada enloquecida de nuestros sirvientes cuando nos llegaban las noticias de una y otra muerte más; pues hasta el final ocurría algo nuevo que parecía superar en horror a todo lo anterior. Seres desdichados se arrastraban para morir bajo nuestro techo protector; los habitantes del Castillo disminuían a diario, mientras los sobrevivientes se acurrucaban juntos con miedo y, como en un bote azotado por el hambre, a merced de las olas salvajes e interminables, cada uno miraba el rostro del otro para adivinar sobre quién recaería a continuación el sorteo de la muerte. Todo esto me esforcé por ocultarlo, para que impresionara lo menos posible a mi Idris; sin embargo, como he dicho, mi valor sobrevivía aun a la desesperación: podía ser vencido, pero no me rendiría.
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VIII
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