aumentó; bajo sus golpes unidos el obstáculo fue vencido, la puerta, el rastrillo y la empalizada fueron demolidos; y el ancho camino bañado por el sol, que conducía al corazón de la ciudad, se abrió ahora ante ellos.
Los hombres retrocedieron; parecían temerosos de lo que ya habían hecho y se quedaron como si esperaran que algún Poderoso Fantasma surgiera con majestad ofendida de la abertura.
Raymond saltó ágilmente a su caballo, aferró el estandarte y, con palabras que no pude oír (pero cuyos gestos, al ser el acompañamiento perfecto, estaban marcados por una energía apasionada), pareció suplicar su ayuda y compañía; aun mientras hablaba, la multitud se apartó de él.
La indignación lo dominó entonces por completo; sus palabras, supuse, estaban cargadas de desdén; luego, alejándose de sus cobardes seguidores, se dispuso a entrar solo en la ciudad. Su propio caballo pareció retroceder ante la entrada fatal; su perro, su fiel perro, yacía gimiendo y suplicando en su camino; en un momento más, había clavado las espuelas en los ijares del animal herido, que dio un salto al frente, y él, una vez pasada la puerta, galopaba por la amplia y desierta calle.
Hasta este momento mi alma había estado solo en mis ojos. Había contemplado con asombro, mezclado con miedo y entusiasmo. Este último sentimiento predominaba ahora.
Olvidé la distancia entre nosotros: «¡Iré contigo, Raymond!», exclamé; pero, al retirar mi ojo del catalejo, apenas pude distinguir las formas pigmeas de la multitud que, a una milla más o menos de mí, rodeaba la puerta; la figura de Raymond se había perdido.
Picado por la impunidad, urgí a mi caballo con la fuerza de las espuelas y las riendas sueltas pendiente abajo, para poder estar, antes de que el peligro llegara, al lado de mi noble y divinal amigo. Varios edificios y árboles se interpusieron cuando hube llegado a la llanura, ocultando la ciudad a mi vista.