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nydus/The Last ManPublic
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VIII

Raymond lo interrogó; pero sus respuestas reservadas pronto hicieron que apartara la vista del hombre para dirigirla al plano. Le señaló los errores y las alteraciones que deseaba que se hicieran; le ofreció un lápiz al griego para que corrigiera el boceto allí mismo; su visitante se negó a ello, diciendo que lo había comprendido perfectamente y que trabajaría en él en su casa. Al fin Raymond lo dejó marchar.

Al día siguiente volvió. El diseño había sido rehecho; pero aún quedaban muchos defectos y varias de las instrucciones dadas habían sido malinterpretadas. —Vamos —dijo Raymond—, ayer cedí ante ti, ahora accede a mi petición: toma el lápiz.

El griego lo tomó, pero no lo manejó de manera artística; al fin dijo:

«He de confesaros, mi Señor, que no he hecho este dibujo. Es imposible que veáis al verdadero diseñador; vuestras instrucciones deben pasar por mí. Dignaos, por tanto, tener paciencia con mi ignorancia y explicarme vuestros deseos; con el tiempo estoy seguro de que quedaréis satisfecho».

Raymond inquirió en vano; el misterioso griego no quiso decir más. ¿Se le permitiría a un arquitecto ver al artista? Esto también se le negó. Raymond reiteró sus instrucciones y el visitante se retiró. Nuestro amigo resolvió, sin embargo, no ver frustrado su deseo. Sospechaba que una pobreza desacostumbrada era la causa del misterio y que el artista no quería dejarse ver con el atuendo y en la morada de la penuria. Esta consideración no hizo sino estimular aún más a Raymond a descubrirlo; impulsado por el interés que sentía por el talento desconocido, ordenó a una persona versada en tales asuntos que siguiera al griego la próxima vez que viniera y observara la casa en la que entrara.

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