Otro incidente tuvo lugar al final de este verano. La condesa de Windsor, exreina de Inglaterra, regresó de Alemania. Al principio de la estación había abandonado la vacía ciudad de Viena; e incapaz de someter su altivo espíritu a nada que se pareciera a la sumisión, se había detenido en Hamburgo y, cuando por fin llegó a Londres, transcurrieron muchas semanas antes de que le avisara a Adrián de su llegada.
A pesar de su frialdad y larga ausencia, él la recibió con sensibilidad, mostrando un afecto que intentaba sanar las heridas del orgullo y el dolor, y que solo fue repelido por su total y aparente falta de empatía.
Idris oyó del regreso de su madre con alegría. Sus propios sentimientos maternales eran tan ardorosos, que imaginaba que su progenitora ya debía haber perdido el orgullo y la aspereza en este mundo baldío, y que recibiría con deleite sus atenciones filiales.
El primer freno a sus demostraciones de deber fue una advertencia formal por parte de la caída majestad de Inglaterra de que a mí no se me debía importunar de ningún modo. Consentía, según dijo, en perdonar a su hija y reconocer a sus nietos; no debían esperarse mayores concesiones.
A mí este procedimiento me pareció (si se me permite un término tan frívolo) sumamente caprichoso. Ahora que la raza humana había perdido de hecho toda distinción de rango, este orgullo era doblemente fatuo; ahora que sentíamos una