A la hora acostumbrada de las vísperas, lo condujo a la capilla; y, aunque temblando y llorando por causa de él, tocó, sin fallo en el compás ni error en una nota, el himno escrito para celebrar la creación de la tierra adornada, que pronto habría de ser su tumba.
Llegamos ante ella como visitantes del cielo mismo; su valor exaltado, su firmeza apenas sostenida, huyeron con la aparición del alivio.
Con un grito corrió hacia nosotros, abrazó las rodillas de Adrian y, pronunciando tan solo las palabras «¡Oh, sálvenme padre!», entre sollozos y gritos histéricos, abrió las compuertas largamente cerradas de su aflicción.
¡Pobre muchacha!—ella y su padre yacen ahora lado a lado, bajo el alto nogal donde reposa su amante, y que en sus últimos momentos nos había señalado. Su padre, al fin consciente del peligro de su hija, incapaz de ver los cambios de su querido rostro, le sostuvo obstinadamente la mano, hasta que esta se heló y se entumeció con la muerte. Ni entonces se movió o habló, hasta que, doce horas después, la piadosa muerte se lo llevó a su reposo sin interrupciones. Descansan bajo el césped, siendo el árbol su monumento;—el sagrado lugar permanece nítido en mi memoria, cercado por el escarpado Jura y los lejanos e inmensurables Alpes; la aguja de la iglesia que frecuentaban aún se alza entre los árboles que la abusan; y aunque su mano esté fría, aún me parece que los sonidos de la música divina que amaban vagan por allí, consolando a sus gentiles fantasmas.