penalidades y la ilegalidad de mi juventud me servían de provecho. Un hombre no puede desprenderse de los hábitos de dieciséis años. Desde esa edad, es verdad, había vivido lujosamente, o al menos rodeado de todas las comodidades que la civilización ofrecía. Pero antes de ese tiempo, había sido «un salvaje tan basto como el fundador criado por lobos de la vieja Roma» —y ahora, en la propia Roma, las propensiones de bandido y pastor, similares a las de su fundador, resultaban ventajosas para su único habitante. Pasaba la mañana cabalgando y tirando al blanco en la Campaña —pasaba largas horas en las distintas galerías— contemplaba cada estatua y me perdía en ensoñaciones ante más de una bella Virgen o hermosa ninfa. Frecuentaba el Vaticano y permanecía rodeado de formas de mármol de divina hermosura. Cada deidad de piedra estaba poseída por una dicha sagrada y la eterna fruición del amor. Me miraban con una complacencia carente de empatía, y a menudo, en acentos frenéticos, les reprochaba su suprema indiferencia, pues eran figuras humanas; la forma humana divina se manifestaba en cada extremidad y rasgo bellísimos. El moldeado perfecto traía consigo la idea de color y movimiento; a menudo, medio con amarga burla, medio con autoengaño, abrazaba sus proporciones heladas y, poniéndome entre los labios de Cupido y los de su Psique, besaba el mármol insensible.
Me propuse leer. Visité las bibliotecas de Roma. Seleccionaba un volumen y, escogiendo algún rincón apartado y sombrío a las orillas del Tíber, o frente al hermoso templo en los Jardines de la Borghese, o bajo la vieja pirámide de Cestio, me esforzaba por ocultarme de mí mismo y sumergirme en el asunto trazado en las páginas ante mí. Como si en un mismo terreno plantas un solano y un mirto, ambos se apropiarán de la tierra, la humedad y el aire dispensados para fomentar sus respectivas propiedades—, así mi dolor halló sustento, poder de existencia y crecimiento en lo que de otro modo habría sido manná divino, para alimentar una radiante meditación.