fastidiosas. No era la pasión acaparadora del año precedente, que daba vida e individualidad a cada instante; no eran los punzantes dolores provocados por las tribulaciones de la época. * La absoluta inutilidad que había acompañado a todos mis esfuerzos les quitó su efecto habitual de júbilo, y la desesperación hizo estéril el bálsamo del aplauso propio; anhelaba regresar a mis viejas ocupaciones, pero ¿de qué servían? * Leer era fútil; escribir, vanidad en verdad. La tierra, antaño amplio circo para la exhibición de hazañas dignas, vasto teatro para un drama magnífico, presentaba ahora un espacio desocupado, un escenario vacío; ya no había nada que decir ni que escuchar para
Nuestro pequeño pueblo de Windsor, en el que se habían congregado principalmente los supervivientes de los condados vecinos, presentaba un aspecto melancólico. Sus calles estaban bloqueadas por la nieve; los pocos transeúntes parecían paralizados y helados por la inclemencia del invierno. Escapar de estos males era el fin y propósito de todos nuestros desvelos. Familias que hasta hace poco se dedicaban a actividades elevadas y refinadas, ricas, florecientes y jóvenes, con un número reducido de miembros y el corazón lleno de zozobra, se apiñaban junto al fuego, vueltas egoístas y mezquinas a causa del sufrimiento. Sin la ayuda de los criados, era necesario ocuparse de todas las tareas domésticas; manos no acostumbradas a tal labor debían amasar el pan, o, a falta de harina, el estadista o el cortesano perfumado debían asumir las funciones del carnicero. Pobres y ricos eran ahora iguales, o más bien los pobres eran superiores, puesto que acometían tales tareas con presteza y experiencia; mientras que la ignorancia, la ineptitud y los hábitos de descanso hacían que resultaran fatigosas para los sibaritas, humillantes para los orgullosos y repugnantes para todos aquellos cuyas mentes, volcadas en el cultivo intelectual, consideraban su más preciado privilegio estar exentas de atender a las meras necesidades animales.