grandiosamente, dijo, el ilustre y último soberano de Inglaterra se había sacrificado por el bien aparente de su país, y se había despojado de un poder que solo podía mantenerse con la sangre de sus súbditos; estos súbditos, llamados así ya no más, estos, sus amigos e iguales, en señal de gratitud le habían conferido ciertos favores y distinciones a él y a su familia para siempre. Se les asignó una vasta propiedad y ocuparon el primer rango entre los pares de la Gran Bretaña. Sin embargo, cabía conjeturar que no habían olvidado su antigua herencia; y resultaba duro que su heredero sufriera por igual que cualquier otro pretendiente, si intentaba recuperar lo que por antiguo derecho y herencia le pertenecía. No dijo que fuera a favorecer tal intento; pero sí dijo que tal intento sería venial; y que, si el aspirante no llegaba al extremo de declarar la guerra y enarbolar un estandarte en el reino, su falta debía ser vista con ojos indulgentes. En su enmienda proponía que se hiciera una excepción en el proyecto de ley a favor de cualquier persona que reclamara el poder soberano por derecho de los condes de Windsor.
Tampoco concluyó Raymond sin pintar con colores vivos y resplandecientes el esplendor de una monarquía, en oposición al espíritu comercial del republicanismo. Afirmaba que cada individuo bajo la monarquía inglesa era entonces, como ahora, capaz de alcanzar un alto rango y poder —con una única excepción, la de la función de magistrado supremo—, un rango más alto y noble del que una república mercantil y temerosa podía ofrecer. Y esta única excepción, ¿a qué equivalía? La naturaleza de la riqueza y de la influencia confinaba por la fuerza la lista de candidatos a unos pocos de los más ricos; y era muy de temer que el mal humor y la contienda generados por esta lucha trienal contrarrestaran sus ventajas a los ojos imparciales.
Me es imposible consignar el fluir del lenguaje y los graciosos giros de expresión, el ingenio y la fácil burla que daban vigor e influencia a su discurso. Sus modales, tímidos al principio, se volvieron firmes; su rostro cambiante se iluminaba con un brillo sobrehumano; su voz, variada como la música, era semejante a esta por su encanto.