y a su encantador bebé a causa de la peste. Era un obrero mecánico y, al verse incapaz de atender al oficio que proveía a sus necesidades, el hambre vino a sumarse a sus otras desdichas. Abandonó la habitación que contenía a su mujer y a su hijo —esposa e hijo ya no más, sino «tierra muerta sobre la tierra»—, enloquecido por el hambre, la vigilia y el dolor; su fantasía enferma le hizo creerse enviado por el cielo para pregonar al mundo el fin de los tiempos. Entró en las iglesias y profetizó a las congregaciones su inminente traslado a las criptas de abajo. Apareció como el espíritu olvidado de la época en los teatros y ordenó a los espectadores que se fueran a casa a morir. Había sido capturado y encerrado; había escapado y vagado desde Londres por las ciudades vecinas y, con gestos frenéticos y palabras estremecedoras, reveló a cada cual sus miedos ocultos y dio voz a ese pensamiento silencioso que no se atrevían a articular. Se detuvo bajo la arcada del ayuntamiento de Windsor y, desde esa altura, arengó a una multitud temblorosa.
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VII
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