impotente fuerza, me he aferrado a la rueda del carro de la peste; pero ella me arrastra consigo mientras, cual Juggernaut, avanza aplastando la existencia de cuantos alfombran el camino real de la vida. ¡Ojalá hubiera terminado; ojalá, concluida su procesión, hubiéramos entrado todos juntos en la tumba!».
Lágrimas brotaban de sus ojos.
—Una y otra vez —continuó—, la tragedia se repetirá; de nuevo debo escuchar los gemidos de los moribundos, el lamento de los supervivientes; de nuevo ser testigo de las angustias que, coronándolo todo, envuelven una eternidad en su existencia efímera. ¿Por qué estoy reservado para esto? ¿Por qué, siendo la oveja tullida del rebaño, no soy abatido contra la tierra entre los primeros? ¡Es duro, muy duro, para alguien nacido de mujer soportar todo lo que yo soporto!
Hasta entonces, con espíritu indómito y un elevado sentimiento del deber y de la dignidad, Adrián había cumplido su tarea autoimpuesta. Lo había contemplado con reverencia y con el infructuoso deseo de imitarlo. Ahora le ofrecí unas pocas palabras de aliento y simpatía. Se ocultó el rostro entre las manos y, mientras se esforzaba por calmarse, exclamó: «Por unos meses, solo por unos meses más, no permitas, oh Dios, que mi corazón desfallezca o que mi valor se doblegue; no permitas que las visiones de una miseria intolerable enloquezcan este cerebro medio aturdido, ni que este frágil corazón lata contra sus límites prisioneros hasta estallar. He creído que era mi destino guiar y gobernar al último de la estirpe humana, hasta que la muerte extinga mi mandato; y a este destino me someto».
—Perdóname, Verney, te causo dolor, pero ya no volveré a quejarme. Ahora vuelvo a ser yo mismo, o más bien soy mejor que yo mismo. Bien