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nydus/The Last ManPublic
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IX

chorros perpetuos. ¡Ah! ¡Ojalá fuera así; y entonces mi destino sería en cierto modo afín a la muerte acuática de Adrián y Clara! ¡Oh!, el dolor es fantástico; teje una red donde trazar la historia de su aflicción a partir de cada forma y cambio a su alrededor; se incorpora a toda la naturaleza viva; halla sustento en cada objeto; como la luz, lo llena todo y, al igual que la luz, otorga sus propios colores a cuanto

Me había alejado en mi búsqueda a cierta distancia del lugar en el que había naufragado, y llegué a una de esas torres de vigilancia que, a trechos regulares, bordeaban la costa italiana. Me alegré de encontrar refugio, me alegró hallar una obra de manos humanas después de haber contemplado durante tanto tiempo la sombría esterilidad de la naturaleza; así que entré y subí por la áspera escalera de caracol hasta la sala de guardia. Hasta tal punto fue clemente el destino que no quedaban vestigios angustiosos de sus anteriores habitantes; unos cuantos tablones colocados sobre dos caballetes de hierro y cubiertos con hojas secas de maíz indio fue el lecho que se me ofreció; y un cofre abierto, que contenía unas cuantas galletas medio mohosas, despertó un apetito que tal vez ya existía, pero del que, hasta ahora, no era consciente. La sed también, violenta y abrasadora, resultado del agua de mar que había bebido y del agotamiento de mi cuerpo, me atormentaba. La benévola naturaleza había dotado la satisfacción de estas necesidades de sensaciones placenteras, de modo que yo —¡incluso yo!— me sentí refrescado y calmado mientras comía de aquella pobre comida y bebía un poco del vino agrio que medio llenaba un frasco dejado en aquella morada abandonada.

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