embargo, yo estaba en sus manos; la senda de su ambición siempre había sido oscura y cruel; su poder se fundamentaba en el miedo; la única palabra que podía hacer que yo muriera, sin ser oído, sin ser visto, en la oscuridad de mi calabozo, tal vez fuera más fácil de pronunciar que el acto de misericordia de ejecutar. Probablemente no arriesgaría una ejecución pública; pero un asesinato privado a la vez aterrorizaría a cualquiera de mis compañeros para que no intentara una hazaña semejante, al mismo tiempo que una línea de conducta prudente podría permitirle evitar las pesquisas y la venganza de Adrián.
Dos meses atrás, en una bóveda más oscura que la que ahora habitaba, había concebido el designio de tenderme silenciosamente a morir; ahora me estremecía ante la cercanía del destino.
Mi imaginación se afanaba en delinear la clase de muerte que me infligiría.
- ¿Me permitiría agotar la vida por el hambre, o el alimento que se me administraba sería envenenado con la muerte?
- ¿Me sorprendería en sueños, o contendría hasta el final con mis asesinos, sabiendo, incluso mientras luchaba, que había de ser vencido?
Vivía sobre una tierra cuya población menguada la aritmética de un niño podría numerar; había vivido durante largos meses con la muerte acechando muy cerca de mi lado, mientras a intervalos la sombra de su forma esquelética oscurecía mi sendero. Había creído que despreciaba al sombrío fantasma y me reía de su poder con desdén.
Cualquier otro destino lo habría afrontado con valor, es más, habría salido gallardamente a su encuentro. Pero ser asesinado así, a la medianoche, por asesinos de sangre fría, sin una mano amiga que me cierre los ojos o reciba mi bendición de despedida —morir en combate, entre el odio y la execración—, ¡ah, por qué, amor de mi alma, me