Tras el transcurso de tres días, el vendaval amainó, la gaviota planeó sobre el seno tranquilo de la atmósfera sin viento, y la última hoja amarilla en la rama más alta del roble pendía sin movimiento. El mar ya no rompía con furia; pero una marejada que se dirigía firmemente hacia la costa, con un vaivén largo y un estallido taciturno, reemplazó el rugido de las rompientes. Sin embargo, obtuvimos esperanza del cambio, y no dudábamos de que, tras el intervalo de unos pocos días, el mar recuperaría su tranquilidad. La puesta de sol del cuarto día favoreció esta idea; fue clara y dorada. Mientras contemplábamos el mar púrpura, radiante allá abajo, nos atrajo un espectáculo novedoso; una mota oscura —que, al acercarse, se vio claramente que era un barquito— cabalgaba en la cresta de las olas, perdiéndose de vez en cuando en los empinados valles entre ellas. Seguimos su curso con preguntas impacientes; y, al ver que se dirigía evidentemente hacia la costa, descendimos al único desembarcadero practicable y izamos una señal para guiarles. Con la ayuda de anteojos distinguimos a su tripulación; constaba de nueve hombres, ingleses, pertenecientes en verdad a las dos facciones de nuestra gente que nos habían precedido y llevaban varias semanas en París. Como solía el compatriota encontrarse con el compatriota en tierras lejanas, así saludamos a nuestros visitantes al desembarcar, con las manos extendidas y una alegre bienvenida. Tardaron en corresponder a nuestras felicitaciones. Parecían airados y resentidos; no menos que el mar alterado que habían atravesado con peligro inminente, aunque aparentemente más disgustados unos con otros que con nosotros. Era extraño ver a estos seres humanos, que parecían brotar de la tierra como plantas raras e inestimables, llenos de una pasión altanera y del espíritu de una lucha airada. Su primera exigencia fue ser conducidos ante el Lord Protector de Inglaterra, pues así llamaban a Adrián, aunque él hacía tiempo que había descartado ese título vacío, como una amarga burla de la sombra a la que se había reducido el Protectorado. Fueron conducidos rápidamente al castillo de Dover, desde cuya torre del homenaje Adrián había observado los movimientos del bote. Los recibió con el interés y el
Table of Contents
IV. La Partida
528