de muchos, cuyo ojo vidrioso estaba a punto de cerrarse para siempre. Aquí la belleza, que hacía poco resplandecía con brillo y conciencia juveniles, ahora pálida y descuidada, se arrodillaba abanicando con ademán vacilante al ser amado, que yacía esforzándose por pintar sus facciones, distorsionadas por la enfermedad, con una sonrisa de agradecimiento. Allá un veterano de rasgos duros y curtido por la intemperie, tras haber preparado su comida, se sentaba con la cabeza caída sobre el pecho, el cuchillo inútil resbalando de su mano, las extremidades totalmente laxas, mientras el recuerdo de la esposa, del hijo y del pariente más querido, todos perdidos, cruzaba por su mente. Allí se sentaba un hombre que durante cuarenta años se había bañado en la apacible luz del sol de la fortuna; sostenía la mano de su última esperanza, su amada hija, que acababa de alcanzar la juventud; y la miraba con ojos ansiosos, mientras ella intentaba reanimar su desfallecido espíritu para consolarlo. Aquí un criado, fiel hasta el final, aunque moribundo, atendía a alguien que, aun manteniéndose en pie y con salud, contemplaba con miedo jadeante la variedad de desdichas a su alrededor.
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VII
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