cambiaríamos el suplicio específico bajo el que nos retorcemos por cualquier otro que afectara a una parte distinta del cuerpo—. Escuchaban con un encogimiento de hombros casi desdeñoso el relato que los emigrantes daban de los motivos que tenían para abandonar su tierra natal: «Volved —decían—, volved a vuestra isla, cuyas brisas marinas y su separación del continente ofrecen cierta promesa de salud; si entre vosotros la Pestilencia ha matado a cientos, entre nosotros ha matado a millares. ¿No sois acaso aun ahora más numerosos que nosotros? Hace un año habríais hallado solo a los enfermos enterrando a los muertos; ahora somos más felices, pues la punzada de la lucha ha desaparecido, y los pocos que halláis aquí esperan pacientemente el golpe final. Pero vosotros, que no os conformáis con morir, no respiréis más el aire de Francia, o pronto seréis solo una parte de su suelo».
Así, mediante amenazas de espada, habrían hecho retroceder a quienes habían escapado del fuego. Pero el peligro que quedaba atrás era considerado inminente por mis compatriotas; el que tenían ante ellos, dudoso y lejano; y pronto surgieron otros sentimientos para borrar el miedo, o para reemplazarlo por pasiones que no debieron tener cabida entre una hermandad de infelices sobrevivientes del mundo moribundo.
La más numerosa división de emigrados, que llegó primero a París, asumió una superioridad de rango y poder; el segundo grupo afirmó su independencia.
Una tercera fue formada por un sectario, un profeta autoproclamado que, si bien atribuía todo poder y gobierno a Dios, se esforzaba por obtener el mando real de sus camaradas en sus propias manos. Esta tercera división constaba de los individuos menos numerosos, pero su propósito era más unitario, su obediencia a su líder más entera, su fortaleza y valor más inquebrantables y activos.
Durante todo el avance de la peste, los ministros de la religión detentaron un gran poder; un poder para el bien, si se encauzaba correctamente, o de