dulce hermana: no era por sí misma por quien estaba así atormentada. Ella sola conocía el peso que Raymond atribuía a su éxito. Incluso ante nosotros fingía alegría y esperanza, y lo hacía tan bien que no adivinábamos los recónditos movimientos de su mente. A veces, un temblor nervioso, una aguda disonancia en la voz y momentos de distracción revelaban a Perdita la violencia que se infligía a sí mismo; pero nosotros, concentrados en nuestros planes, solo observábamos su risa fácil, su broma inoportuna en cualquier ocasión, el caudal de su ánimo que parecía incapaz de menguar. Además, Perdita estaba con él en su retiro; ella veía el mal humor que sucedía a esa hilaridad forzada; ella notaba su sueño perturbado, su irritabilidad dolorosa —una vez había visto sus lágrimas—, las suyas apenas habían dejado de fluir desde que contemplara las grandes gotas que el orgullo herido había hecho acumular en sus ojos, pero que el orgullo era incapaz de disipar. ¡Cómo extrañarse entonces de que sus sentimientos llegaran a este punto! Así me explicaba yo su agitación; pero eso no era todo, y la continuación reveló otra disculpa.
Un momento aprovechamos antes de nuestra partida para despedirnos de nuestras amadas niñas. Tenía pocas esperanzas de éxito y le supliqué a Idris que velara por mi hermana. Al acercarme a esta última, me cogió de la mano y me llevó a otra habitación; se arrojó a mis brazos y lloró y sollozó amarga y largamente.
Intenté calmarla; la insté a tener esperanza; le pregunté qué terribles consecuencias seDerían incluso de nuestro fracaso.
«Hermano mío —exclamó—, protector de mi infancia, querido, queridísimo Lionel, mi destino pende de un hilo. Los tengo a todos a mi alrededor ahora: a ti, el compañero de mi niñez; a Adrián, tan querido para mí como si estuviera unido por los lazos de la sangre; a Idris, la hermana de mi corazón, y a su encantadora progenie. ¡Esta, oh, esta puede ser la última vez que me rodeen así!».