Su marido obtuvo beneficios de la miseria universal; pero, a medida que el desastre aumentaba, el espíritu de anarquía se apoderó de él; abandonó su hogar para entregarse a los placeres que le prometían en Londres, y encontró allí una tumba. Su antiguo amante había sido una de las primeras víctimas de la enfermedad. Pero Lucy siguió viviendo para su madre y en su madre. Su valor solo flaqueaba cuando temía algún peligro para su progenitora, o temía que la muerte pudiera impedirle cumplir con aquellos deberes a los que estaba inalterablemente consagrada.
Cuando habíamos dejado Windsor por Londres, como paso previo a nuestra emigración definitiva, visitamos a Lucy y concertamos con ella el plan de su traslado y el de su madre.
Lucy sentía la necesidad que la obligaba a abandonar sus senderos y aldea natales, y a arrastrar a una madre enferma de las comodidades de su hogar al yermo desamparado de una tierra depoblada; pero estaba demasiado bien disciplinada por la adversidad y poseía un carácter demasiado apacible como para entregarse a lamentaciones por lo que era inevitable.
Circunstancias posteriores, mi enfermedad y la de Idris, la apartaron de nuestra memoria; y al fin volvimos a recordarla solo para deducir que formaba parte de los pocos que habían venido desde Windsor para unirse a los emigrantes, y que ya se encontraba en París. Cuando llegamos a Rochester, por lo tanto, nos sorprendió recibir, a través de un hombre recién llegado de Slough, una carta de esta ejemplar sufrida. Su relato fue que, al viajar desde su hogar y pasar por Datchet, le sorprendió ver humo saliendo de la chimenea de la posada y, suponiendo que encontraría allí a camaradas reunidos para su viaje, llamó y fue admitido. No había nadie en la casa más que Lucy y su madre; a esta última el reumatismo la había dejado postrada, sin poder mover las extremidades, y así, uno por uno,