apareció Clara, sin avanzar hacia nosotros, sino apoyándose contra una columna del edificio con las mejillas pálidas, en una postura de total abatimiento. Adrian saltó hacia ella con un grito de júbilo y la envolvió encantado en sus brazos. Ella se zafó de su abrazo y, sin decir palabra, volvió a entrar en el cenador. Sus labios temblorosos y su corazón desesperado se negaban a concederle voz para expresar nuestra desgracia. La pobre pequeña Evelyn, mientras jugaba con ella, se habíase visto atacada por una fiebre repentina, y ahora yacía aletargada e impertérrita sobre un pequeño diván en el cenador.
Durante una quincena entera velamos sin cesar junto al pobre niño, mientras su vida declinaba bajo los estragos de un tifus virulento. Su pequeña forma y sus diminutos rasgos encerraban el embrión de la mente humana, capaz de abarcar el mundo. La naturaleza del hombre, rebosante de pasiones y afectos, habría hallado un hogar en ese pequeño corazón, cuyas rápidas pulsaciones corrían hacia su fin. La fina maquinaria de su mano pequeña, hoy fláccida y distendida, con el desarrollo de tendones y músculos habría realizado obras de belleza o de fuerza. Sus tiernos pies rosados habrían pisado en la firme edad viril los vergeles y claros de la tierra—estas reflexiones ya servían de poco: él yacía, con el pensamiento y la fuerza suspendidos, esperando sin resistencia el golpe final.
Vigilábamos a su cabecera, y cuando le asaltaba el acceso de fiebre, no hablábamos ni nos mirábamos el uno al otro, limitándonos a señalar su respiración obstaculizada y el fulgor mortal que teñía su mejilla hundida, el pesado peso de la muerte que gravaba sus párpados. Es una evasiva trillada decir que las palabras no podían expresar nuestra prolongada agonía; pero ¿cómo pueden las palabras representar sensaciones cuya agudeza atormentadora nos arroja, por decirlo así, a las