Estaba solo en el Foro; solo en Roma; solo en el mundo. ¿No valdría un solo hombre vivo—un compañero en mi cansada soledad—toda la gloria y el poder recordado de esta ciudad venerable? Una doble pesadumbre—tristeza, engendrada en cuevas cimerias, atavió mi alma con vestiduras de luto. Las generaciones que había evocado en mi fantasía contrastaban con mayor fuerza con el fin de todo—el único punto en el que, a modo de pirámide, había concluido el poderoso edificio de la sociedad, mientras yo, en la vertiginosa altura, contemplaba el espacio vacío a mi alrededor.
De tan vagos lamentos pasé a la contemplación de los detalles de mi situación. Hasta entonces, no había tenido éxito en el único objeto de mis deseos: hallar un compañero para mi desolación.
Sin embargo, no desesperaba. Es verdad que mis inscripciones se encontraban, en su mayor parte, en pueblos y aldeas insignificantes; aun así, incluso sin estos memoriales, era posible que la persona que, como yo, se hallara sola en una tierra despoblada, acudiera, como yo, a Roma.
Cuanto más escasa era mi esperanza, más elegía cimentarme en ella y acomodar mis acciones a esta vaga posibilidad.
Se hizo necesario, por lo tanto, que durante un tiempo me instalara en Roma. Se hizo necesario que mirara a los ojos a mi desastre, sin desempeñar el papel de colegial de la obediencia sin sumisión; soportando la vida y, sin embargo, rebelándome contra las leyes por las que vivía.
Sin embargo, ¿cómo iba a resignarme? Sin amor, sin simpatía, sin comunión con nadie, ¿cómo podía recibir el sol de la mañana y seguir con él su viaje tantas veces repetido hacia las sombras de la tarde? ¿Por qué seguía viviendo?, ¿por qué no sacudirme el pesado fardo del tiempo y, con mi propia mano, dejar salir al prisionero aleteante de mi pecho