Rávena. Debí de haber estado muy enfermo. De haber sufrido un delirio mayor o menor, esa noche sin duda habría sido la última; pues, mientras seguía caminando por las orillas del Montone, cuyo curso ascendente seguía, miraba con anhelo la corriente, admitiendo para mí mismo que sus olas pelúcidas podían remediar mis males para siempre, y era incapaz de explicarme mi tardanza en buscar su refugio de las flechas envenenadas del pensamiento que me atravesaban de parte a parte. Caminé una parte considerable de la noche, y el cansancio excesivo acabó por vencer mi repugnancia a valerme de las habitaciones desiertas de mi especie. La luna menguante, que acababa de salir, me mostró una cottage cuya entrada pulcra y jardín ordenado me recordaron a mi propia Inglaterra. Levanté el picaporte de la puerta y entré. Primero se presentó una cocina donde, guiado por los rayos de la luna, encontré los materiales para encender fuego. Dentro de esta había un dormitorio; el lecho estaba provisto de sábanas de una blancura nívea; la leña apilada en el hogar y una disposición como para una comida casi habrían podido engañarme induciéndome a la entrañable creencia de que había hallado aquí lo que tanto tiempo llevaba buscando: un único superviviente, un compañero para mi soledad, un consuelo para mi desesperación. Me acoracé contra la ilusión; la estancia en sí estaba vacía: era tan solo prudente, me repetí, examinar el resto de la casa. Imaginé que era inmune a la esperanza; sin embargo, mi corazón latía audiblemente mientras ponía la mano en la cerradura de cada puerta, y volvía a hundirse al percibir en cada una la misma vacuidad. Oscuras y silenciosas como criptas; así que regresé a la primera habitación, preguntándome qué anfitrión invisible había dispuesto los elementos para mi refrigerio y mi reposo. Arrastré una silla hasta la mesa y examiné cuáles eran los manjares de los que iba a participar. ¡En verdad era un banquete de muerte! El pan estaba
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