pero, aprovechando la oportunidad que brindó la ausencia de Perdita, me suplicó encarecidamente que la llevara a la vista de la puerta por la que su padre había entrado en Constantinopla. Prometió no cometer ninguna imprudencia, ser dócil y regresar de inmediato. No pude negarme; pues Clara no era una niña común; su sensibilidad y su inteligencia parecían haberla dotado ya de los derechos de la madurez.
Con ella, por tanto, delante de mí en mi caballo, acompañada tan solo por el criado que había de conducirla de regreso, cabalgamos hasta el Top Kapou. Encontramos a un grupo de soldados reunidos a su alrededor. Estaban escuchando. > «Son gritos humanos», dijo uno: «Se parecen más a los aullidos de un perro», replicó otro; y de nuevo se inclinaron para captar el sonido de lamentos regulares y lejanos, que provenían de los dominios de la ciudad en ruinas. «Esa, Clara», le dije, «es la puerta, esa es la calle por la que ayer por